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El rincón de la abuelita
 
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Página especial de Navidad y Reyes

Chuchiux pluma silenciosa.

Había una vez un niñito piel roja perteneciente a la tribu Silensjau, donde nadie hablaba y se comunicaban sólo por señas. Aquel niño se llamaba Chuchiux Pluma Silenciosa; no era feliz, mas no sabía por qué. De lo que sí se daba cuenta era que todos los miembros de la tribu andaban siempre enojados y peleándose por cualquier motivo. Era una tribu muy muy silenciosa; ni siquiera los bebés lloraban, ni los animalitos maullaban, ladraban o relinchaban; ni siquiera se escuchaba el piar de los pajaritos, pues éstos no se acercaban al lugar para nada. Y las plantas y los árboles estaban prácticamente secos. Todo era desolación.

Un día, todos los integrantes de la tribu salieron a buscar comida. Como no hablaban, no podían compartir conocimientos con nadie y por lo tanto tenían que limitarse a comer los frutos y hierbas que por casualidad encontraban.

De pronto, a Chuchiux le dieron ganas de hacer popó. Se escondió atrás de un árbol y cuando acabó, en vez de alcanzar a los demás, se sentó sobre una roca cercana, reflexionando qué podría hacer para comunicarse. No se le ocurrió nada, por más que pensó y pensó; por lo tanto, se levantó y corrió en pos de los otros Silensjau, con tan mala suerte que lo hizo en dirección contraria a la que ellos habían tomado. De repente se encontró con un grupo de niños que entre gritos y risas jugaban muy contentos. Cuando lo descubrieron, se acercaron a él, invitándolo a jugar. Chuchiux estaba como paralizado, asombrado al verlos tan felices. Poco a poco, los niños, que eran de la tribu de los Alegrjau, fueron convenciendo a Chuchiux para que se integrara al juego.

A través de a magia de la alegría, Chuchiux adquirió en don de la palabra y pudo platicar a sus nuevos amigos que en su tribu sólo había silencio debido a que hacía muchos años, cuando el príncipe heredero era un niñito pequeño, había entrado al pueblo una manada de feroces leones practicando sus rugidos más aterradores. No se comieron a nadie, pero sí asustaron tanto al principito, que éste perdió el habla, y entonces el rey decretó que nadie volvería a hablar, ni a hacer ningún ruido, en su reino. Así fue, todos obedecieron mas la felicidad desapareció por completo.

Los Alegrjau acompañaron a Chuchiux de regreso hasta la triste aldea de los Silensjau. Llegaron cantando:

-Cuando tengas ganas de cantar... ¡canta! ¡La-la-la-la-la! Cuando tengas ganas de aplaudir...¡aplaude! ¡clap-clap-clap! Cuando tengas ganas de gritar... ¡grita! ¡Aaaaaa!

Los Silensjau los contemplaban muy extrañados, sobre todo al ver que Chuchiux también cantaba, invitándolos a la vez a unirse al canto. Y así lo hicieron, primero los niños, pero después todos.

La aldea recobró la alegría, volvió la felicidad y ya no se llamaron los Silensjau, ya que cambiaron su nombre a los Felizjau.

Regresaron las aves, los árboles reverdecieron y todos fueron muy felices.

Sin música... ¡no hay alegría!

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